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Diarios de Cabeza

Matías Villarruel llegó a Río de Janeiro y así le pone fin (por ahora) a su viaje de casi dos meses en moto. Los motivos que lo llevaron a esta aventura, sus aprendizajes, accesorios que no pueden faltar y…cómo pasar una noche en la altura.

“El frío me pinchaba, me estaba destruyendo, pensé que cerraba los ojos y me moría. Hasta dormí con el casco puesto”. Matías Villarruel se encuentra en el Paso de Jama, el paso fronterizo entre Argentina y Chile a 4200 metros sobre el nivel del mar. Tiene que pasar la noche allí y encuentra una casita de barro abandonada donde armar la carpa. Días atrás en Córdoba, antes de emprender viaje, el calor era insoportable y por eso armando la mochila solo lleva un rompe vientos como abrigo, sin imaginarse que llegaría a sentir tanto frío. Sin mucho tiempo para arrepentirse Matías se tapa con lo que puede, y hasta se coloca a Wilson, el casco HJC CS-15 que le regalamos de Plaza Motos. Los ojos se le cierran y alcanza a soñar con su abuela que le entrega una frazada gruesa, siente felicidad por unos segundos hasta que se despierta nuevamente: “En ese momento solo pedía que saliera el sol. Para sobrevivir tenía que esperar el sol”

El final es donde partí

Quién sabe cuántas veces Matías o “Cabeza”, como lo apodan, habrá escuchado a La Renga, su banda favorita en el trayecto Córdoba, Catamarca, La Rioja, Tucumán, Salta, Jujuy, la costa de Chile, Perú (Tacna, Lima, Cuzco y Puno), Bolivia (La Paz, Cochabamba y La Cruz), hasta llegar Río de Janeiro, Brasil, lo que será su destino por unos meses. Es la tercera vez que realiza un viaje en la moto que heredó de su abuelo, la Honda NightHawk 250, aunque este es el más largo de todos. El primero de ellos fue a Jujuy, en el 2014, un día de lluvia torrencial donde tuvo que salir escapándose de su casa antes de que su mamá volviera, para evitar que lo frenara en su decisión. Lógicamente luego se arrepentiría de haber salido sin traje de lluvia. El segundo viaje en moto lo hizo el año pasado junto a su hermano, esta vez a Chile, también sin traje de lluvia, que luego compraría en suelo trasandino junto a otros accesorios para moto necesarios. Aquella vez se arrepentiría de cruzar Los Andes con un casco sin visor, la fuerte conjuntivitis que le agarró por el aire helado le pasaría factura por unos días. Inspirado por películas como Diarios de Motocicleta o Into The Wild, para este tercer viaje se le cruzaron varias ideas, como la de hacer el trayecto Ushuaia-Alaska, pero la charla con una amiga que conoció en Córdoba y que vive en Lima (y que luego también viajaría a Río) lo hizo definirse por la ruta a seguir. La Honda modelo 92, el “DemonioRojo”, se preparaba para el desafío más grande.

El viento que todo empuja

Mediados de los años 90. Matías espera ansioso la visita de su abuelo que vive en Carlos Paz, que hace el trayecto en su Honda NightHawk. Los ve llegar y la presencia de su abuelo con la moto es imponente. Nadie en la familia hubiese pensado que más de 20 años después esa misma moto sería protagonista principal de las aventuras de Matías: “Mi idea es transmitir que se puede hacer lo que nos propongamos, lleve más o menos tiempo. En realidad también quiero mostrar los valores de mi deporte preferido, el rugby. Si te caés te levantás, no darte nunca por vencido, trabajo en equipo, valores, amigos. Mostrar eso en las historias de Instagram (@viaja_con_cabeza), de por ejemplo un día estar durmiendo en una estación de servicio, en una hamaca paraguaya o en una carpa, y al otro día estar en un hostel re copado o en la casa de alguien que te invita. También conocer gente, distintas culturas, aprender de eso, mostrar cómo te ayudan. Quiero ser local en cada lugar que vaya, ser uno más de ellos, comer lo que me recomienden, liberarme de prejuicios, mostrar cosas que los medios de comunicación no hacen. Aprendí mucho de geografía, voy sintiendo el clima, y entendiendo por ejemplo por qué de un lado la montaña es de tierra y del otro tiene un verde con un pastizal hermoso, y claro es por el viento frío que da en un lado y en otro no”.

Adonde me lleva la vida

Para emprender este viaje, Cabeza llevó el casco HJC CS-15, guantes (pero no impermeables), traje de motero con protecciones y…¿el traje de lluvia? Esta vez solo el pantalón ya que no encontró la parte de arriba. Además del resto de la ropa, un kit de cocina, la carpa y sus herramientas de trabajo de fotógrafo y videógrafo: trípode, cámara, dron, equipo de sonido. No pudo conseguir las valijas laterales, así que metió todo en una mochila grande, que en un momento ya le empezó a pesar demasiado, y por ello compró unos elásticos que le aconsejó un motero. Luego de un mes se dio cuenta que estaba teniendo mucha suerte ya que no le habían tocado días de lluvia, así que decidió comprar el piloto (¡ahora sí, completo!), unas botas impermeables y un protector para la carpa. En cuanto al casco Matías destacó que “nunca tuve uno tan bueno, porque siempre andaba con uno viejo medio roto, incluso me caí una vez y por suerte no me pasó nada, por eso siento que con este HJC me puedo chocar con una pared a 100km/h y no me va a pasar nada. La verdad que diez puntos, lo único que podría decir en contra es que me compré un transmisor para escuchar música y me hacía doler un poco la oreja porque no daba la dimensión, pero no creo que sea por el casco. Es más, cuando me encontraba con otros moteros se sorprendían de la ocurrencia de Wilson y si bien tenía la moto más chica miraban impresionados al ‘Demonio Rojo’ destacándola como una moto noble y fiel”.

En las distintas pausas que se tomó, incorporó grandes consejos que le sirvieron después: comer cada vez que le ofrecían, bañarse cada vez que tenía la posibilidad. En estos viajes con las dos ruedas, nunca se sabe cuándo habrá una próxima chance. Consultó constantemente en Google Maps la ruta y también recibió la ayuda a la distancia de un fanático de las motos, Gabriel, papá de su hermano, que ya había viajado anteriormente por toda América.

Insoportablemente vivo

Un duro momento personal fue lo que empujó a Matías a realizar definitivamente el viaje. Meses atrás falleció uno de sus mejores amigos de rugby, Augusto Damia, capitán de distintas divisiones de La Tablada. Se conocían desde niños y juntos habían compartido toda una vida: “me pegó bastante, y por eso decís hoy estás, mañana no se sabe. Mi papá también falleció muy joven, a los 26 años, y yo hoy ya tengo 27, por lo que quiero llenarme de experiencias que me gustan, de disfrutar lo que te toque de estar vivo. Por la memoria de ellos dos me propuse hacer el viaje, sabía que si se me rompía la moto, a Lima llegaba como sea igualmente. En todo momento me pasó que sentía que me encontraba en el momento indicado, que si me pasaba algo malo, como ser que se me pinchara la rueda, era porque algo o a alguien iba a conocer. Me reía de eso y me preguntaba a mí mismo ¿dónde dormiré hoy? Para Navidad no calculé bien el tiempo y llegué muy tarde, estuve en un alojamiento horrible en Perú, así que 23:40hs ya estaba acostado. Para año nuevo lo quería pasar con mi hermana, que ya había llegado a Río, pero como no quise acelerar el viaje ya que lo estaba disfrutando, lo pasé en un hostel en Brasil, comiendo arroz con bife con un padre y una hija que estaban viajando también en moto. Brindamos con cerveza y lo que sí había cada postre, así que probé todos los que pude”.

En los brazos del sol

Nunca había pasado tanto frío como en el Paso de Jama. A la vez fue raro, porque también me gustó pasar por eso y poder empatizar un poco con todos aquellos que en invierno están en la calle y pasan por lo mismo todos los días. Esto que hago también es un modo de protestar contra todo eso, que siga habiendo tanta desigualdad. Me hizo dar cuenta que quiero hacer algo para ayudar a la gente. Tantos países divididos políticamente o por fanatismos, y yo lo que busco es unir y ayudar”

Paso de Jama. Asoman los primeros rayos de sol, Matías ya no está soñando. Se le dibuja una sonrisa de oreja a oreja, se llena de felicidad. La voz ronca de Chizzo en “Hablando de la libertad” suena a todo volumen. Arranca el “Demonio Rojo”. Se abrocha el casco. Su frase de cabecera estará presente un día más: “Ante la duda, siempre para adelante”.

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